Mañana… nos espera París


Yo soñé un día con Bogart en un aeropuerto.
Con Amelie comiendo frambuesas.
Con Edith Piaf desbordando su vida-alma sobre el pentagrama de su falda infinita.
Yo quería subir a la Torre Eiffel,
besarme al lado del Sena
y aprender la sonrisa de la Mona Lisa,
tan pulcramente desbordada.

Yo quería traspasar la frontera y llegar hasta la bohemia perpetua de los enamorados.
Yo no he ido nunca.
Tampoco lo necesito.
Mañana esa parte enamorada de mi esperanza lo hará por mí.
Yo vivo si tú vives.
Estamos vivas.
Somos futuro.
Nada perece, salvo el desaliento.

El amor en los tiempos sin tiempo

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Tengo una profesión tan maravillosa y tan voluble que, cada día, se inventa con una denominación nueva.
He dejado de ser, por un día, “Hacedora de versos” para convertirme en “Encontradora de tesoros”.
Pertenezco a esa humanidad que no desiste ante las adversidades,
que se crece ante las negativas,
y se enamora por el simple placer de criar un huracán de mariposas estómago adentro.
Soy miembro de una raza extraña.
Pero no estoy sola.
La vida nos regala amor todos los días.
Sólo es necesario mirar con los ojos despiertos de la esperanza.

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Un reinado para mí misma

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Soy mi reina y lo sé.
Ayer mismo me ajusté la corona, la faja y la memoria.
Me noto el útero suelto y las vértebras descabaladas.
Apenas me quedan muelas y el hígado me suspira como un moribundo sin la extrema unción.
Sin embargo, sé que soy mi reina,
lo percibo en mí misma, en mi memoria,
en el último aliento de este desequilibrio hormonal que me habita.
En este llanto prematuro que, aunque nadie lo entienda,
anuncia una puerta cerrada sobre el torrencial de la infancia,
sobre la fluidez, ya caduca, de mi juventud marchita.
Soy de esas reinas republicanas que viven su exilio con la dignidad enamorada del recuerdo perpetuo
pero que se resisten a la partida definitiva,
al hoyo profundo del último eco.
Soy mi reina y lo sé.
Y domino el paisaje que rodea mi subsistencia.
A veces con el acierto preciso de una diosa magnánima,
otras, la mayoría, como la eterna principiante sobre el trémulo cabalgar de la vida.
Soy mi reina y…
lo sé siempre que no se me olvida.

Días especiales (y también espaciales)

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Tú dirás lo que quieras, MariLu, pero desde que hemos cumplido los cincuenta la vida nos ha dado la vuelta.
La menstruación ha cambiado de nombre y ahora se llama menopausia, eso sí, con los mismos apellidos: “no-me-aguanto-ni-yo”; y “ya-podéis-iros-a-…” (la educación no se pierde, con más o menos años en los ovarios).
Hoy es lunes y tengo mucho para celebrar.
Celebrar que estoy viva, por ejemplo.
Que es otoño y huele a lluvia, y a hojas ocres, y a castañas.
Celebrar que amo y me siento amada.
Celebrar que, en mi casa, llegamos a fin de mes y nos sobra para un fin de semana en la luz de nuestra imaginación.
Celebrar que vivo en un país podrido en el mismo fondo de sus raíces gubernamentales, pero que con mi voz sigo construyendo atalayas desde las que ver el futuro con los ojos de la esperanza a la vez que mi mano izquierda sigue empuñando la espada.
Soy pasional, Marilu, ya me conoces,y muy loca, y bastante incosciente, así que no es extraño que tenga estos días especiales, también espaciales, en los que sigo pensando que la vida merece la pena, pese a todo y todos.

Hay que tener valor, incluso para vivir

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Hay días que una se levanta con la vida de espaldas.
Y el tiempo es esa losa insalvable en el caótico calendario.
Hay días que, por mucho que brille el sol, parecen de noche.
La noche negra de las sonámbulas mariposas del sueño.
La noche oscura de los desvencijados místicos del infierno.

Hay días en los que sólo acontece lo prescrito, lo adecuado y solemne.
Hay días en los que hay que tener valor, incluso para vivir.

Seguimos de luto

Donde está el amor
Dicen que sonreír nos mantiene más jóvenes.
Alegrarse de vivir nos alarga la propia vida.
Divertirse, no pensar, no sentir, no sufrir… es el único elixir de la eterna juventud.
Supongo que es cierto.
Yo no quiero vivir tanto.
Para lo que me queda, y mientras todo siga igual, seguiré llorando, enfadada, peleando, sufriendo y deseando que exista un cambio YA.
Una eutanasia dilapidaria y definitiva.
Mientras tanto,
no pedirme más,
seguiré vistiendo el luto de los vencidos.

Una adolescente, una vecina loca y una menopausia galopante

lo que queda por venir
Ya lo dijo uno de esos filósofos del siglo XXI:
“la vida es un videojuego que cada nivel con el que te encuentras es peor que el anterior”.
¡Qué razón tienes Mario-Socrates-Bros!
A diferencia del resto de mortales, y de algún que otro difunto, yo estaba deseando que acabaran las vacaciones (las vacaciones de los otros, por supuesto);
y rezando estoy porque se acaben los calores (los externos y los internos… los propios y los ajenos)
Si hoy tuviera que pedir tres deseos, frente a la hipnótica lámpara de Aladino, lo tendría bien claro:

  • Que a mi hija el tiempo la dejara así de espléndida, inocentemente enamorada, vigorosamente despierta, sensualmente imaginativa y titánicamente inconformista.
  • Que a mi vecina la barriera un maremoto de cordura.
  • Y que este declive de mujer, galopando cuesta abajo, termine pronto.

Estas han sido mis patéticas vacaciones de verano pero supongo que, como en los videojuegos, lo peor está por venir.

La soltería dosificada

Soledad

Pues sí, Marivirgin, soy soltera pero…sólo un poco. De cintura para arriba que es como más me gusta a mí. Ya sabes, el resto de geografías, más del sur, van independientes. Se mueven por sí solas. Por esas pasiones incontrolables, llenas de melaza y manzanas, agua destilada y carámbanos de lluvia.
Yo, en realidad, quisiera ser madre de familia numerosa, abuela de ejércitos de nietos, multitudinaria guía de sanguíneos regueros, eslabón genético de una humanidad que palpita sobre el desconstruido mundo de los frágiles esqueletos.
Pero ya ves, soy virgen en algunos paisajes. Y soltera pero… sólo un poco.
Hay lunes que me levanto con la hoguera ardiendo sobre el monte de Venus,como si un pirómano descuidado hubiera lanzado un cigarrillo en medio de la frondosidad, casi intacta, de mi oculto paisaje.
En cambio, hay sábados, que me visto de Antártida y todo el horizonte, trémulo y transparente, se queda estático, con el temblor primigenio de la desmemoria.
Yo elegí ser así de excéntrica.
Elegí beber de mi soltería a pequeñas dosis.
Elegí reconstruirme el himen y la decencia según me apetecía.
Porque, aunque tú no lo creas, Marivirgin, la soledad es un estado del alma, el resto, sólo la conveniencia fugaz de una sociedad en franca decadencia.

Menos mal, pero…

Forges elecciones

Menos mal que yo estaba allí cuando abrieron las puertas de la libertad,
cuando abolieron la pena de muerte,
cuando desencarcelaron a los presos políticos,
cuando, por fin, se podía recitar a Lorca, y a Hernández, y a Neruda.

Menos mal que puse aquel voto en una urna palpitando de esperanza,
bajo el símbolo demoníaco de los encarnados enamorados,
sabiendo que mis muertos,
y los muertos de España,
me miraban con las cuencas pletóricas de gusanos desembarazados del miedo.

Menos mal.
Menos mal que tengo los suficientes años como para no rendirme,
como para no olvidarme.
Hace tiempo que hice la digestión y ya sólo regurgito esperanza.

(Lo que no sé es por qué lloro,
tan a menudo,
sobre estos dilapidarios retrocesos del calendario.)

Sin tiempo para el tiempo

abrazo

Me acabo de dar cuenta que me estoy quedando sin tiempo.
Sin tiempo para escribir, para leer, para soñar,
para definirme en todos mis costados,
incluso en los que desconozco, olvido o ignoro.
Sin tiempo para el beso o el abrazo.
Sin tiempo para el tiempo.
Desde que le quitaron la cuerda a los relojes nos amputaron el placer del segundo.
Todo está tan automatizado que hasta el orgasmo lo controlan los satélites.
Me acabo de dar cuenta que me queda poco tiempo,
también,
para el orgasmo.
Un orgasmo febril, simpático y vespertino.
Un orgasmo de líricas neuronas y células marchitas.
Siempre que no me mate el infarto inclemente de la tristeza
seguiremos apostando por el fuego fatuo de la esperanza,
por el olor de los besos en las esquinas redondas
y por los abrazos eternos, esos que te llenan de astillas y jazmín los surcos de la memoria.