No queda espacio


No queda espacio para la risa.
No queda espacio para el amor.
No queda espacio.
No queda.
No.
Sólo somos el espécimen imperfecto de un barro inventado en el laboratorio de un credo.
Nos ha robado la dignidad,
el silencio y la sonrisa.
Sólo somos el eco desolado
de una muerte que se renueva cada día.
No queda espacio para la risa.
No queda espacio para el amor.
No queda espacio.
No queda.
No.

Foto | Taringa

Crecer… crecer

crecer
No nos queda más que crecer, hija mía.
Crecer hacia arriba,
hacia el suelo,
hacia el epicentro de la duda y la memoria.
Hacia el mismo infinito inexplicable de la ausencia.
Hija mía,
es nuestro único destino,
mi único legado,
la filosofía errante de mis pupilas.
El colofón distraído de mis latidos.
Crecer en el latido y la sonrisa,
en la perpetua insistencia de los errores,
en las mínimas huellas de los aciertos,
en la luz y en la sombra,
en la fugacidad de los besos.
He aquí el testimonio de mis vísceras.
La única verdad que hoy conozco.
Crecer…crecer…crecer.

El aliento frágil del suicida

vela

¿Qué pasa cuando parece que no pasa nada y la única que te saluda es la guadaña?
¿Quién se instala en el púlpito de la desesperanza?
¿Qué desenamorada presencia nos empuja hacia el vacío?
¿Existe vida en la vida?
¿Qué hay antes de la muerte?

(Va por ti, Encarni)

Vivimos tiempos convulsos

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Vivimos tiempos convulsos.
Tiempos denostados y desgarrados.
Impúdicos e impertinentes.
Desenamorados y desvirgados.
Tiempos sin norte ni sur.
Sin corazón ni alma.
Sin reloj ni calendario.
Tiempos sin tiempo para el aliento.
Me faltan días para enterrar a los muertos, para besar a los huérfanos, para dar el último aliento a esa mujer maltratada, a ese hombre olvidado, a ese perro hundido en el barro del abandono.
Me faltan días para volver a creer en mi propia condición humana.
Necesitaría una eternidad de oceánica cordura para retomar aquel aliento primigenio con el que retomar el viento de la esperanza.

Imagen | Rincón del Tibet

Son estos días

sed
Junto a las primeras margaritas hoy me han crecido unos extraños días.
Días sin origen ni memoria.
Días degenerados y sin rumbo.
Quizá vengan de una costilla dislocada,
de una contractura enmohecida,
de un infarto desmemoriado y persistente.
Son días como ladillas que persisten al jabón y la penicilina.
Días enquistados en el desasosiego.
Días infinitos como la resaca de un muerto
que sigue alcoholizado de luz en la eternidad del olvido.
Son estos días de lluvia en la sequía,
barlovento en las pestañas,
frigidez estática entre el orgasmo del mundo.
Son estos días de menopausia cíclica en los arrabales de la primavera.
Son estos días sin voz, casi sin aliento.
Lo demás no importa.
Sólo la sed nos salvará del aullido eterno de los pozos.

Somos eternos

No voy a felicitaros la Navidad.
No voy a desearos un feliz Año Nuevo.
No voy a pedir deseos ni escribir la carta a los Reyes Magos.
No voy a ser lo que he sido siempre.
No voy a ser.
Es el momento de entrar en combate.
Es el momento de arriesgarse al cambio.
Es el momento de apostar por el futuro.
Es el momento de vivir.
Es el momento.
Porque somos eternos y vamos a regresar siempre.

Poema de amor para los hijos

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Te quiero todos los días.
Incluso con lluvia.
Con viento, con sol o silencio.
Te quiero sobre la soledad del olvido,
con la algarabía de la verbena,
con el insufrible descalabro del infierno
o en la perfecta armonía del inalcanzable cielo.
Te quiero.
Te quiero todos los días.
Entre los peldaños que bajan.
Sobre las escaleras que ascienden.
En este columpio enamorado y valiente
sobre el que te mueves,
como una lírica mariposa
que busca luz y alas para esa sed de eternidad.
Te quiero todos los días.
Incluso cuando ni siquiera sabía que existías.

No ser feliz, pese a todo

FELIZ-TRISTE
Hoy voy a permitirme no ser feliz.
No buscar el cáliz dorado de las gracias infinitas.
Voy a quedarme en mi crisol de melancolía para ser yo misma entre las lágrimas que me habitan.
Nos empujan a reír, aplaudir, no pensar.
Dioses de filosofías incógnitas.
Demoníacos íncubos con garras de gozo permanente.
Ser y agradecer, viajar y retozar.
Nos obligan a ser feliz pese a todo.
Pese a todos.
Pero yo ya no quiero ser feliz.
Yo quiero ser yo misma.
Y llorar hoy, si me apetece.
Y emocionarme hoy, también, si lo necesito.
Y retozar en la melancolía como ese niño que acaba de descubrir el milagro de la esperanza,
el sabor del chocolate
o la lluvia ingenua de los confeti después de la tarta con sabor a despedida.
Quiero morirme y resucitar.
Abandonarme en el olvido de la incógnita permanente.
Dejar de ser.
Dejar de no ser.
Decidir no ser feliz, pese a todo.

Es el instante de quebrar el narciso

narciso

Es el momento de romper los espejos.
La era de mirarse la sombra.
El eco del silencio redimido.
Las pupilas vueltas hacia la cuenca del latido.
Es el instante de quebrar el narciso.
Ya no queda tiempo para demorarse en la memoria.
Ya no queda tiempo para estilizar el olvido.
Ya no queda tiempo.
Hemos llegado al fondo de la mirada ilusoria.
Es el instante,
el único instante de quebrar el narciso
.