Hasta pronto Lennon

Lennon Papá Noel

A nuestro querido perro Lennon, que se ha marchado de viaje

Un aroma premonitorio de desvirgada muerte ronda mi casa.
Estos muros que la contemplan se han vuelto un mausoleo de herméticas rendijas desde donde escampa sus luengos brazos de guadañas incansables, estas paredes encaladas de esperanza, se han tornado un espada incesante de ausencias irrecuperables.
Ahora te has ido tú, con el silencio desgastado de una agonía persistente,
con el aullido mudo de los fieles compañeros de la luz,
con la delirante beatitud de esos arcángeles caninos que buscan el húmedo hocico de la vida infinita,
del amor gratuito más allá del propio sendero de los tímidos calendarios.
Te has ido tú cansado de regalarnos tus ojos siempre atentos,
la voraz lengua que lamía nuestras pesadillas diarias,
ese aliento dulce de jugosas lechugas que te hacía saltar a brincos sobre el entramado del universo.
Te llevaremos siempre sobre las heridas que el latido nos imprime en el corazón
porque hay amores que, de tanto tornarse generosos, sólo saben ser eternos más allá del tiempo y la memoria.

La lluvia… por fin

Despacio, como relamiendo el asfalto,
la pura sed del atropello,
la mimética beatitud de las ventanas que corren
sus velos sobre el alfombrado crepitar de los cojines.
Y llueve…
llueven injusticias…
llueven soledades…
llueve hambre…
llueve la eterna desazón del que no sabe como abrocharse la vida,
como desmembrar su eco,
como tiznarla con el azúcar preciso y el acíbar suficiente.
Y los paraguas saben a atropello,
a lenguas que se cruzan en conversaciones no latentes,
a díscolas madreperlas que crecen, huérfanas,
en el oscuro laberinto de una despedida sin norte.
Pero llueve… y eso es lo importante…
este torrentero de líquida armonía, se llevara el silencio,
la ira que nos divide,
el odio que nos limita,
y ese sabor a rancia primavera comprada
en los mercados que especulan con la sangre de tanta víctima inocente.

Homenaje a mí misma


Recuerdo que nací hace años, era tan pequeña que ya ni el odio de la dictadura me rozaba,
ni el hambre, ni el silencio, ni siquiera la emergente divinidad de los eternos arcángeles vengadores del pluscuamperfecto purgatorio.
Nací virgen y excéntrica, botón de mayo,
recién vestida para tomar la primera comunión de los cálices del viento.
A lo lejos, más allá de la frontera de osborne y el seiscientos,
se respiraban margaritas, volutas de humo de hierbas libertarias con sabor a eternidad.
Una playa que nunca llegaba y estaba detrás de una colina.
La televisión en blanco y negro, el ángelus a mediodía, y el sol entrando por los ventanales del mundo como si la vida acabara de empezar en ese instante en el que nos imaginamos felices.
Ese instante que no se vuelve a repetir nunca.
Nacer es un segundo en el tiempo inmemorial del infinito baldío.
El resto es solo la cómica representación de nuestro propio sueño que se va alargando hacia el pozo inclemente del adiós.
Recuerdo que nací hace años, casi siglos, y el mundo parece no haber cambiado
salvo por este vértigo que da asomarse al balcón de la vida y verse, cada vez, más cerca del olvido.

Versos azules para la niña Lola

Vienes nadando desde el ambarino paraíso de los besos desbocados y una legión de sirenas imberbes te traen en volandas hasta la costa azulada de la vida remota.
La primavera desciende para engalanarte de lluvia y hay un torrente de amapolas ingenuas que publican tu nombre sobre la hiedra que busca el sur de las manos.
Ya llegas sobre el aliento limpio de un horizonte de estrellas, en un barco de nácar sobre los brazos del viento, anhelado regazo de algodones y perlas.
Y extiendes tus alas sobre la fértil marea para iniciar el vuelo de los siempre vivos, de los eternamente susurrados en el amanecer del mundo.
Frutal y diáfana.
Transparente y precisa.
Candil enamorado del universo en tránsito que circula sobre un útero de espuma.
Rosáceo latido.
Toda tú. Toda vida.

Menú de poesía todo el día


                                                           Para Mario, Benedetti, Llorente.
Guapo, listo y, además, valiente.

En mi casa comemos poesía todo el día.
Por la mañana:
magdalenas de prisas para llegar al cole
sin legañas ni hambre.
A mediodía:
un primer plato de versos,
salpicón y rimas, rustidera de tildes
y unas fresas con nata con sirope de acentos.
Para la tarde:
deberes y tele
y un “te quiero mucho” rebozado en chocolate
entre sonetos que buscan
los algodonados brazos del asonante sofá.
Después llega la noche
y el pijama se llena de sinónimos azules,
desdentadas estrellas que incineran príncipes
en la agonía láctea de la esperanza.
En mi casa comemos poesía todo el día,
para que luego no digan
que vivimos del cuento.

El paraíso que nos espera


                              Para Claudia y Pablo en su cumpleaños
Existe un lugar mágico, después de pasar altas cumbres y curvas empinadas, donde el tiempo se detiene en el latido de una hoja. A lo lejos parece que existe una civilización de prisas y números, de bolsillos hambrientos y platos en penumbra, pero eso queda siempre detrás de las montañas, más allá de los vaivenes y la autopista, más al fondo de los restaurantes con menús apresurados.
Es nuestro paraíso particular y que lleva el nombre de nuestros sueños, el de los que fueron y se cumplieron, el de los que son y se disfrutan, el de aquellos que vendrán, engalanados de luz y vida plena. Es nuestro paraíso de barro y madera ahuecada, de ciervos que comen de nuestra mano y moscas que se disfrazan de hadas imaginarias, de globos y serpentinas y desfiles honoríficos cantando una marcha nupcial al dios de los contenedores.
Y comer con las manos más allá del estómago, y sonarse los mocos con las piedras del río, y descalzarse y volar sobre el infinito pecho de la Serranía de Cuenca que nos eleva en volandas como una cometa de lírica espuma.
Y volver a ser niños eternamente, más allá de estos ojos que nos acarician la memoria mientras nos soñamos ángeles a través de vuestras dulces risas.

Pequeña sinfonía de alas y palabras

Para Rafa y para Álvaro

 

 

 

 

 

Venía a comer en su balcón con la esperanza de las migajas disueltas en el calendario. Se alimentaba con poco: algunos restos de pan, una gota de leche acurrucada en el alfeizar o la fibra disimulada de una díscola hoja de lechuga.
A hurtadillas y todavía con sueño, se encaramaba a dos patas, ahuecaba las alas y dejaba entonar un tímido piar como la canción antigua de las madres insomnes. La casa, entonces, se llenaba de ventanas despeinando el levante de las cortinas y en sí misma florecía con una destreza innata de abrazos y de flores.
La bautizó como Pepa porque traía el aroma de salitre y libertad de la caleta de Cádiz y sintió como si llevara volando muchos años, casi doscientos, por el cielo desértico de la tolerancia.
Me enseñaron a amarla y esperar su llegada en las madrugadas limpias de abril, sabiendo que, a menudo, las inclemencias del miedo le harían cambiar el rumbo de nuestra cita.
Ella siempre fue fiel, adivina los corazones de los amores sencillos y quizás algún día, antes de que llegue el adiós para las alas y el beso, venga a despedirse con una rama de olivo prendida en la memoria de la esperanza.

Sólo el amor

                                      Feliz Cumpleaños
Al final la vida solo tiene una puerta de salida, aquella que conduce a dos caminos inequívocos, la muerte o el amor.
Dos senderos que llevan al silencio del paisaje visceral de la esperanza, elevándose en montículos de delirante energía.
Pero sólo uno de ellos puede ser compartido.
El resto es humo que se queda prendido en los malecones del olvido, en la asimétrica voluntad de los rascacielos, en el tétrico paisaje del desaliento. El resto, es aquello que divaga por los bolsillos entre la soledad ingrata de los botones perdidos.
Sólo el amor nos salva, amor, incluso de nosotros mismos.

Poema imperfecto para dos niños con alas

                                 Para Diego y Daniel, en su segundo cumpleaños

He acabado sembrando piruletas bajo una seta de chocolate,
escarchando de azúcar la mejilla de la luna
y rebozando de algodón las copas de los árboles
que se mueren de envidia al calor de vuestras risas.
En la mesa ya tengo preparada una fuente de canela lírica,
fresones que se mueren de vergüenza al veros devorando
la nata nívea de los días azules
sobre el impertinente tránsito del calendario.
Es la eternidad hecha caballito de madera,
la duda y el olvido conjugándose en un puzzle
de redondeadas aristas enamoradas,
y esa oronda geografía de la pelota hecha cabriola
sobre la selva ignota de los parques vacíos.
Mirad como se ha llenado de hadas transparentes el horizonte y la lluvia,
como suenan vuestros nombres más allá de la piedra,
como, a pesar de los pozos y el llanto,
la luz sigue emergiendo desde las corolas intactas de la primavera.
Es la explosión de la vida que ocupa vuestros ojos
y desborda las alacenas pletóricas de miel enamorada.
Pero ya es la hora,
plegad vuestras alas,
lavaros las manos
y sentaros a la mesa,
hoy el menú sabe a esperanza
y el postre tiene las raíces inmortales de vuestra memoria.