El Papa y otras cosas del querer

Pues sí, Marisanta, vete planchando la peineta, cardándote la mantilla y ajustándote los tacones de penitencias y otros sacramentos que nos vamos de turné televisiva para ver al Papa. Es verdad que ya no somos jóvenes, ni peregrinas y, si me pones, ni siquiera católicas, pero hay que hacer lo que todo el mundo hace para que no se diga que andamos como díscolas penitentes avivando las llamas del fuego infernal. Que a nadie le gustan las condenas eternas y, mucho menos, aquellas que se libran recitando un sonsonete tan arrítmico como ilógico, al final lo único que cuenta es el “amén” y persignarse con la destreza suficiente como para no despeinarse. Ya sé que para este agosto devastador se prefieren otras cosas: rondas libidinosas por Benidorm, buceos premeditados y con alevosía en unas cañas de cerveza bien fresquitas o poses imposibles para el recuerdo eterno en cualquier malecón donde la brisa del mar nos despeina la memoria; pero si te lo tomas con humor esto viene a ser como un souvenir más en la sala de trofeos de nuestra vida: ver un concierto de la Pantoja, casar a la prima solterona del pueblo y visitar al Papa vienen a ser pequeños gestos de amor a la humanidad que, según dicen, algún día serán recompensados en el otro mundo. Así que lo dicho, desentierra el catecismo y sácale brillo al rosario que, por una vez en la vida, vamos a hacer lo que los demás dictan, para que no se diga que andamos amando la vida a tontas y a locas.

Supervivencia Emocional

Sobrevivir a los días soleadamente grises,

a la impostura fugaz del mimético calendario,

a los santorales sin fe, sin nombre, ni milagro.

 Sobrevivir sobre las costuras que supuran olvidos,

más allá de las cortinas que ocultan la lluvia,

más al fondo de los cobrizos bolsillos

que guardan feroces ausencias como lágrimas de viento.

 Sobrevivir a través de las camas, los trampolines y el eco,

sobrevivir pese a las íntimas esquelas,

pese al gozoso nacimiento, al lírico andamiaje de  los caóticos besos.

 Sobrevivir mientras supura la herida de estar vivo,

el intangible aliento de las letales letanías,

el vuelo impreciso del enconado miedo,

la presencia omnipresente del dolor y sus arcángeles.

 Sobrevivir más allá de mí misma,

de mi mismo vuelo.

Sobrevivir, sobrevolando la risa, rasurando el deseo.

Descarnadamente imprecisa, beoda y liviana,

satánicamente aposentada en la vibración del olvido.

 Para así ser, entre el mimetismo de las fotografías rotas,

la huella indeleble que se resigna a vivir, pese a todo,

más allá del frutal enigma de las murallas.